Corre el año 241 a.C. Con la batalla naval en las islas Egadas, Cartago cae derrotada en la Primera Guerra Púnica ante el poderío militar de una nueva potencia: Roma. El Consejo de Ancianos de la metrópoli africana se ve obligado a aceptar un tratado de paz en unos términos humillantes. El cónsul romano de aquel año, Cayo Lutacio Cátulo, da nombre a dicho acuerdo, en el que se exige a los púnicos liberar de inmediato a todos los prisioneros de guerra sin cobrar rescate alguno, al tiempo que deben pagar unas cifras abusivas para recuperar a los hombres que Roma mantiene cautivos. Para evitar un futuro ataque naval, se les prohibe construir una nueva flota, y por si esto fuera poco, en los siguientes 20 años deben hacer efectivo el pago de tres mil doscientos talentos, una cifra descomunal, suficiente para arruinar a un Estado. Por supuesto, a Cartago le estaba terminantemente prohibido emprender acciones bélicas, políticas o comerciales en contra de Roma o cualquiera de sus aliados. La joven República Romana, que ya dominaba Italia, se anexionaba así la isla de Sicilia, hasta ahora en poder de los cartagineses.Finalizada la guerra, los mercenarios al servicio de Cartago emprendieron el rumbo a África para reclamar sus honorarios, pero la precaria situación económica a la que la metrópoli se precipitaba
obligaron al Consejo a sugerir a los mercenarios que desistieran de cobrar, provocando la Guerra de los Mercenarios, que duraría hasta el 238 a.C., y en la que el general Amílcar Barca, padre del célebre Aníbal, se erigiría como vencedor. Sin embargo, y a pesar de la victoria, la situación de Cartago era desesperada. Sin riquezas, con cuantiosas pérdidas humanas, y con la prohibición de construir una flota (la mayor baza del imperio púnico), se veían obligados a volver la mirada hacia nuevas conquistas con las que llenar sus maltrechas arcas.
En este contexto surgen dos corrientes claramente diferenciadas: una, encabezada por Hannón el Grande, partidario de emprender estas nuevas conquistas hacia el sur, adentrándose en África, y otra, liderada por el propio Amílcar, que consideraba Iberia como el lugar propicio para recuperar la gloria y las riquezas del pasado. El Barca, que tras la victoria sobre los mercenarios había sido nombrado comandante en jefe de modo vitalicio, consiguió hacerse con la suya y, en 237 a.C. cruzaba los Pilares de Hércules (el estrecho de Gibraltar), lanzándose a la conquista de la Península Ibérica, una tierra rica y sin conquistar, que sería decisiva en el devenir de la futura guerra.
oh dios mio!qué pasada, la verdad es que tenía una noción básica de la historia romana y esta "novelita" me va a venir genial para nutrirme de la civilización que nos aportó tanto^^ un besito!
ResponderEliminarMuy bueno lo de ir novelando y situando en el contexto histórico. ¡Ánimo, Manolo, y a seguir con la historia.
ResponderEliminarHola. eta muy chulo este blog, el tema de las guerras púnicas siempre me a gustado muchos y soy del bando de cartago, aunque no me cae bien hanon.
ResponderEliminarGracias Elías, si lees la entrada titulada "El Consejo de los Cien", que es parte de la novela que ando escribiendo (aunque ahora por los estudios la tengo un poco abandonada), te darás cuenta de que a mí tampoco "me cae" muy bien Hanón.
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