miércoles, 9 de septiembre de 2009

Amílcar en Iberia


Año 237 a.C. Amílcar Barca parte de Cartago para emprender la conquista de la península Ibérica. Ante la imposibilidad de construir una nueva flota para transportar a su ejército, marcha por el norte de África hasta los Pilares de Hércules. Le acompañan su yerno Asdrúbal y su hijo Aníbal, de apenas diez años. En algún momento del viaje, o probablemente antes o después del mismo, Amílcar toma a su hijo y le hace jurar odio eterno a los romanos si quiere acompañerle en su conquista. El pequeño Aníbal acepta de buen grado y hace el juramento sobre un altar a Baal.
El historiador romano Tito Livio nos lo narra así:
Se cuenta al respecto que, cuando Amílcar, tras su
campaña de África, iba a ofrecer un sacrificio a los dioses a punto de conducir a sus tropas a España,
Aníbal, todavía de casi nueve años de edad, le suplicó entre mimos que lo llevara a España; entonces
su padre lo acercó a los altares y le obligó a jurar con las manos sobre las víctimas del sacrificio que
sería enemigo del pueblo romano tan pronto pudiera
Sin embargo, es bastante probable, según opina Pedro Barceló, y cuyo parecer comparto, que este hecho fuera un elemento de la propaganda romana para justificar la guerra que estallaría en 218 a.C. y, sobre todo, la persecución a la persona de Aníbal. En cualquier caso, lo cierto es que, una vez adulto, Aníbal se convertiría en el mayor azote que Roma haya conocido, y sería el responsable del mayor desastre militar romano en toda su historia: la batalla de Cannas (216 a.C). Pero ya habrá tiempo de hablar largo y tendido de Aníbal. Centrémonos ahora en su padre, Amílcar, y luego en su cuñado Asdrúbal.

Poco sabemos del paso de Amílcar por la península Ibérica, más allá de los breves fragmentos legados por Tito Livio, Diodoro, Dión Casio y demás historiadores clásicos. Con tan poca información apenas si pueden ponerse en pie los casi diez años que Amílcar pasó en la península, hasta su muerte en el invierno de 229-228 a.C. El general cartaginés habría establecido su cuartel general en Gades, la actual Cádiz, ciudad bajo influencia púnica, y desde allí habría dirigido diversas acciones diplomáticas y militares encaminadas a hacerse con el control de la Turdetania, el valle del Guadalquivir. Se hizo con el poder de numerosas minas de plata y cobre de la zona, cuyas riquezas mandaría regularmente a Cartago, e incluso las usaría para acuñar sus propias monedas. Durante toda su estancia en Iberia, trató de expandir el dominio de Cartago , hasta entonces reducido a algunas zonas del litoral andaluz, hacia el norte, y para ello llegó a avanzar hasta el territorio de los vetones y carpetanos.

La resistencia de las tribus autóctonas se hizo patente, primero bajo el mando de Istolacio y luego bajo el de Indortes. El primero habría sido muerto en una batalla en la que su ejército era superior numéricamente al cartaginés, pero que a pesar de ello sufrió una severa derrota. Amílcar incorporaría a su ejército a tres mil de los jinetes supervivientes, para utilizarlos como fuerza de carga -pues su célebre caballería númida era inútil como tal, y su intervención en batalla se limitaba al hostigamiento de la infantería enemiga-. Poco tiempo después, Indortes reúne un nuevo ejército, Diodoro habla de cincuenta mil hombres, y repite la locura de hacer frente al feroz general. La balanza, como es de esperar, vuelve a caer del lado de Amílcar, e Indortes es cercado en una colina. Trata de huir durante la noche, pero es sorprendido por las tropas de Amílcar, y tras una larga batalla es derrotado. Diez mil supervivientes son incorporados al ejército púnico, e Indortes es sometido a un cruel martirio: tras sacarle los ojos, Amílcar lo mutila, tortura y finalmente crucifica, un castigo generalmente reservado a los desertores.

Tras estas dos escaramuzas, Amílcar decide retirarse de nuevo al sur, y funda la ciudad de Akra Leuké, o Akra Leuka (sólo nos ha trascendido el nombre griego) como cuartel de invierno, probablemente en algun lugar del litoral levantino, aún hoy indeterminado (quizá sí se encontraba, como se sugiere, en la albufereta alicantina, quizá no). En algún momento, Amílcar habría enviado a África a su yerno Asdrúbal, en compañía de Aníbal, aún adolescente, para sofocar una insurrección de los númidas contra Cartago. Desde el emplazamiento de Akra Leuka continuaría su conquista de la zona suroriental de la península, hasta que encontró la muerte en el invierno de 229-228 a.C. durante el cerco a la ciudad de Heliké. Esta ciudad, al igual que Akra Leuka, plantea serias discusiones en cuanto a su localización. Aunque suele identificarse sin mucho fundamento con Elche, García y Bellido sostiene que se trata de Elche de la Sierra, en el valle del Segura, al sur de Albacete. Sobre las circunstancias de la muerte de Amílcar se tienen varios relatos, como el del historiador romano Apiano,

Finalmente, los reyes iberos y todos los otros hombres poderosos, que fueron coaligándose gradualmente, lo mataron de la siguiente forma: llevaron carros cargados de troncos a los que uncieron bueyes y los siguieron provistos de armas. Los africanos al verlos se echaron a reir, al no comprender la estratagema, pero cuando estaban muy próximos, los iberos prendieron fuego a los carros tirados aún por los bueyes y los arrearon contra el enemigo. El fuego, expandido por todas partes al diseminarse los bueyes, provocó el desconcierto de los africanos. Y al romperse la formación, los iberos, cargando a la carrera contra ellos, dieron muerte a Amílcar en persona y a un gran número de los que estaban defendiéndolo.
o el que hace José María Blázquez en "Historia de España Antigua":

Las circunstancias de la muerte de Amílcar están adornadas en las fuentes con una serie de anécdotas cuya comprobacion no ha sido confirmada: durante el sitio de la ciudad, Orissón, rey de los oretanos, se acercó en auxilio de los sitiados, haciendo creer a Amílcar que era a el a quien quería prestar apoyo. Cuando estuvo cerca atacó de improviso a las tropas sitiadoras utilizando la estratagema, otras veces repetida en la conquista romana de la Península, de lanzar por delante carros ardiendo tirados por bueyes, que desbarataron las filas enemigas. Los púnicos hubieron de retirarse y Amílcar, buscando la salvación de los que le rodeaban, intentó atraer hacia su persona a los perseguidores. Al cruzar un río, la corriente lo descabalgó y pereció ahogado. Sean o no ciertas estas circunstancias, el hecho es la muerte de Amilcar, nueve años después de su desembarco en las costas de la Península, en 229-228 a. C.


domingo, 6 de septiembre de 2009

El Consejo de los Cien

El general finalmente llegó a la altura de Hannón, que le recibió con cínicas palabras.

–Baal y Tanit te sean propicios hoy, Barca. Necesitarás su ayuda para convencer al Consejo.

–Reserva tu retórica para los senadores, Hannón, no soy lo suficientemente ingenuo como para ver sinceridad en tus palabras. Sé perfectamente que harás lo imposible para poner al Consejo en mi contra.

–Me ofendes, Amílcar, yo solo quiero lo mejor para Cartago. Siempre ha sido así.

–Es curioso, Hannón, lo que realmente siempre has tenido es una extraña habilidad para confundir los intereses de Cartago con los tuyos propios.

Y sin más, Amílcar dio la espalda a su rival y se encaminó a la sala donde se reunía el Senado. Era una habitación circular, no muy amplia, pero sí lo suficiente como para acoger a los aproximadamente cien senadores. La iluminación procedía del amplio ventanal que se apreciaba desde el exterior, y que quedaba justo encima de la entrada. El suelo estaba adornado por un mosaico que recreaba la legendaria fundación de la ciudad. En él podía apreciarse a la princesa Dido[1], rodeando con una piel de toro hecha tiras, la colina sobre la que nacería Cartago. Quedaba totalmente iluminado por el haz de luz que entraba por el ventanal, dejando el resto de la estancia en una relativa oscuridad. Era el único ornamento de la sala, en cuyas paredes estaban esculpidas gradas de piedra, que servían de asiento a los senadores. Amílcar observó sus rostros, parcialmente en penumbra, especialmente los acomodados en las partes más altas de las gradas. Cientos de ojos estaban fijos en él, mirándole con severidad, murmurando entre ellos, contemplando a un general derrotado que iba a solicitarles más tropas, aparentemente sólo para limpiar su honor. Muchos de aquellos senadores, los menos pudientes, habían participado en la guerra buscando aumentar sus patrimonios. Amílcar podía reconocerles fácilmente por cicatrices en la cara, miembros amputados o heridas aún vendadas.

Finalmente, dirigió su vista al frente. Allí se interrumpían las gradas unos veinte pasos, de forma simétrica a como lo hacían a la entrada de la sala. En su lugar, en el suelo, había dos sillones de madera, cubiertos de pieles de lobo en los asientos y respaldos. En ellos se sentaban los sufetes, los dos máximos magistrados púnicos, un cargo similar al de cónsul en Roma, mirándole con la misma expresión de los senadores. Amílcar avanzó ceremoniosamente hacia el centro de la sala, situándose en la cima de la colina que aparecía en el mosaico. El sufete de mayor edad se levantó, despacio, para tomar la palabra. Los senadores callaron.

–Amílcar, hijo de Aníbal[2], llamado Barca: compareces hoy ante este sagrado Consejo, representante del Pueblo de Cartago. Dinos, general, a qué debemos tu presencia –y volvió a tomar asiento.

–Gracias, noble sufete –Amílcar giró lentamente sobre sí mismo, buscando con la mirada a los senadores a los que iba a dirigirse–. Senadores, Cartago ha sido derrotada por Roma. Lo que comenzó siendo una relación neutral, y pasó por momentos de alianza militar, cuando ambos Estados nos enfrentábamos a un enemigo común al ser Italia y Sicilia invadidas por el rey Pirro de Épiro[3], es hoy una abierta rivalidad. Los romanos, tras expulsarnos de Sicilia hace ya cuatro años, aprovecharon traicioneramente el motín de los mercenarios para arrebatarnos Corsica y Sardinia. Abusando de su posición de fuerza, Roma nos ha sometido a un tratado de paz del todo humillante. Tras abandonar nuestras posesiones en las islas del mediterráneo, no sólo nos vemos obligados a liberar a todos los prisioneros de guerra sin cobrar un rescate que merecemos, sino que además pretenden recibir el pago de una fortuna que dejará a Cartago en la miseria, y que nosotros, herederos de los fenicios, los mejores navegantes que hayan existido destruyamos nuestras naves. Roma ha…

–Este Consejo no necesita lecciones de historia, Amílcar, conocemos sobradamente los acontecimientos que en los últimos años han conducido a Cartago a la situación actual.

Amílcar no necesitaba girarse para ver quién era el que hablaba a su espalda. Sin embargo, volvió la vista hacia atrás, acompañando el gesto con el resto de su cuerpo, encarando a Hannón, que se había puesto en pie y avanzado unos pasos hacia el centro del mosaico, haciéndose visible para todos los senadores. Había llegado el momento crítico del debate. Amílcar no pensaba que Hannón tardara tan poco en hacerle oposición, pero no se arredró.

–No pretendo dar ninguna lección a los ancianos, a los más sabios de Cartago, Hannón. Tan sólo estoy expresando el profundo pesar que me embarga, y el deseo de venganza por las humillaciones a las que Roma nos está sometiendo –se dirigió de nuevo a toda la asamblea, alzando la vista, buscando la mirada de los demás senadores–. Es por esto que estoy hoy aquí, oh sabios. Desde que Roma nos arrebatara Sicilia hemos olvidado los tiempos de gloria de Cartago. Yo os ofrezco hoy la oportunidad de recuperarlos. Concededme el mando de un nuevo ejército con el que partir hacia la rica tierra de Iberia, y juro que no descansaré hasta conquistar para Cartago aquellas tierras o morir en el intento. No busco gloria ni homenajes, sino recuperar el esplendor de mi patria y limpiar mi nombre.

–Tu lengua te traiciona, Barca –de nuevo era Hannón quien hablaba–. No buscas servir a Cartago sino tu venganza personal contra los romanos. ¿Pondremos, nobles ancianos, un nuevo ejército en las manos de un general que ya ha sido derrotado por el enemigo al que pretende volver a enfrentarse?

–La presencia romana es mínima en Iberia, sabio Hannón –Amílcar usó un tono irónico al pronunciar la palabra “sabio”–. Roma no ejerce su dominio al sur del río que ellos llaman Iberus[4]. No busco un enfrentamiento directo con las legiones, al menos, no por el momento[5]. Y por otra parte, si tus ansias de riquezas no te hubiesen llevado a sugerir a los mercenarios libios que desistieran de sus honorarios, probablemente pensando en recaudar para ti esas riquezas, habríamos evitado una deshonrosa guerra que los romanos aprovecharon para imponer su dominio en Corsica y Sardinia. No eres quien mejor ha servido a Cartago, Hannón, deberías medir tus palabras.

–¡Esa acusación es una infamia, Amílcar! –Hannón estaba rojo de ira– Desde el principio me opuse a la guerra contra Roma, y abogué por una solución amistosa para los dos Estados. Si tu temeraria osadía no nos hubiese arrastrado a la guerra, hoy gozaríamos de una cordial relación con los romanos, puede que incluso de una alianza comercial y militar.

–Realmente te creía menos ingenuo, Hannón. ¿Acaso crees que Roma permitiría por mucho tiempo la rivalidad de Cartago?

–¡Exijo que te disculpes por tus afrentas, Amílcar!

Amílcar iba a responder, pero detuvo sus labios, ya abiertos, prontos a hablar, al ver alzarse, visiblemente irritado, al sufete que antes diera la palabra a Amílcar. Ambos oponentes contuvieron la respiración en el centro del círculo.

–¡Por Melkart, estáis ante el Senado de Cartago! ¡No es éste lugar para arreglar disputas personales! Estamos hoy aquí para decidir si encomendamos o no un nuevo ejército al general Amílcar. Es notoria y demostrada la capacidad de Amílcar al mando de las tropas, y si bien es cierto que fue derrotado en Sicilia, perdiendo con ello la guerra, también lo es que Hannón contribuyó a ello con sus continuas desavenencias. El desprecio mutuo que ambos sentís es algo por todos nosotros conocido, pero no estamos hoy aquí para ver cómo lo manifestáis –estas últimas palabras las dijo mirando a Amílcar, que asintiendo, aceptaba la intervención del sufete–. Continúa, general.

Amílcar inspiró, reflexionando sobre cómo reconducir el debate. Quizá debía apelar a la vanidad y la codicia de los senadores. Pero era algo que Hannón no pasaría por alto. Espiró el aire que contenía en su henchido pecho y retomó la palabra.

–Senadores, ¿no os dais cuenta? Roma nos teme. Saben que podríamos vencerles en una nueva guerra. Es por eso que nos quieren ver sin flota, es por eso que nos obligan a liberar a los prisioneros sin cobrar rescate, y es por eso que reclaman la descomunal suma de tres mil doscientos talentos. Quieren arruinarnos, nobles senadores, quieren debilitarnos para que no podamos reunir un nuevo ejército, lo suficientemente fuerte como para amenazarles. Saben que la principal fuente de nuestra potencia militar se basa en la contratación de mercenarios, y sin recursos con que pagarles, no podremos reclutarlos.

Algunos senadores comenzaban a asentir, escuchando atentamente las palabras de Amílcar. Tenía razón. Hannón tenía que intervenir, veía cómo el Consejo se ponía de parte del Barca.

–Si no hubiésemos combatido contra Roma, nada de esto habría ocurrido –insistió en su argumento–. Roma y Cartago dominarían juntas el mar y extenderían sus dominios por toda la tierra. Uniendo nuestras fuerzas, seríamos invencibles. Aún estamos a tiempo de congraciarnos con los romanos aceptando el tratado de paz, y reponiéndonos de la ruina que sufrimos para, recuperado nuestro esplendor pasado, ofrecer nuestro brazo a Roma para gobernar juntos el mundo.

–Si no hubiera estallado la guerra, Hannón, Roma habría continuado su expansión, aumentando su poder, y una vez que fuese lo suficientemente poderosa, habría sitiado y tratado de destruir a Cartago sin tener para ello ninguna razón, más allá de su infinita codicia. Los mercenarios sublevados finalmente lo hicieron en su lugar. Senadores, hemos de dejar de mirar al pasado intentando vanamente cambiarlo. Debemos asumir la situación actual y buscar nuevos recursos con los que recuperar nuestra gloria y poder. ¿O acaso, senadores, no añoráis la vida de opulencia que disfrutabais antes de la intromisión de Roma en nuestros asuntos? En Iberia se encuentran riquezas suficientes para conseguirlo, yo sólo demando la oportunidad de tomarlas para vosotros.

–¿Intentas comprar a este Consejo, Amílcar? Sin duda crees que puedes encubrir tu evidente incompetencia al mando de las tropas apelando al hedonismo de los senadores.

–Mis fallos al frente del ejército no se deben sólo a mí, Hannón. Tú mismo colaboraste en la derrota final con tus entorpecimientos. Las circunstancias que ahora se presentan son bien distintas: un ejército con un mando claro y definido tiene mayores opciones de victoria.

–No puedes dar ninguna garantía del éxito de la empresa que te propones, y sin recursos con los que contratar mercenarios, te arriesgas a perder muchos más hijos de Cartago de los que ya faltan.

Era un argumento pobre, pero Hannón ya se veía acorralado. Ya era tarde, Amílcar parecía haber convencido a los senadores, a juzgar por sus caras de aprobación. Fue el otro sufete, que hasta entonces había permanecido en su asiento, el que tomó la palabra.

–Ya hemos escuchado suficientemente las razones que ambos nos dais, ahora el Consejo debe votar. Aquellos que estén a favor de corresponder la petición de Amílcar, que lo hagan saber.

La mayoría de los senadores se puso en pie, expresando con ello su voto a favor. Tan sólo aquéllos afines a Hannón no lo hicieron. Amílcar había convencido al Consejo. Hannón volvió a su asiento, contrariado, al tiempo que el sufete más anciano volvía a hablar.

–Amílcar, hijo de Aníbal, se te concede el mando de un ejército de veteranos de guerra tan grande como puedas reunir, sin que ello signifique dejar a Cartago indefensa. Al no poder construir una flota para transportar a las tropas, partirás hacia Iberia atravesando Numidia, reclutando a cuantos quieran unirse a tus tropas. Deberás marchar por la zona más al sur de nuestros dominios, allá donde los romanos no tienen espías, hasta alcanzar los Pilares de Hércules, por donde cruzarás a Iberia. Que Melkart, Baal y Tanit te sean propicios en esta empresa, pues tu suerte será la suerte de Cartago.

Amílcar hizo una reverencia en señal de agradecimiento y respeto, y se retiró, sin articular más palabras. Abandonó una sala tomada por un gran alboroto de exclamaciones y bendiciones en favor del general. Bajó las escalinatas y emprendió el camino de vuelta a casa. Caminaba deprisa, a pesar del peso de sus ropas aún mojadas. Eso carecía de importancia ahora. Tenía mucho que hacer, un ejército que reclutar y una campaña que planificar. No había tiempo que perder.



[1]Según la leyenda, Cartago fue fundada por Dido, princesa de Tiro, también conocida como Elisa de Tiro. Ésta era hermana de Pigmalión, rey de Tiro, que ansiaba el tesoro de Siqueo, esposo de Dido. Pigmalión obligó a su hermana a revelarle la situación del tesoro. La princesa le dio una localización falsa, y Pigmalión asesinó a Siqueo para buscar posteriormente el tesoro. Entretanto, Dido desenterró la fortuna de su difunto marido y huyó de Tiro, llegando a las costas africanas de la actual Túnez, localización de Cartago. Solicitó al caudillo local tierras para fundar un asentamiento, pero éste sólo le concedió la extensión de terreno que pudiera cubrir con una piel de toro. Dido, obrando de manera ingeniosa, cortó la piel del animal en finísimas tiras, con las que delimitó toda una colina sobre la que fundó una fortaleza llamada Birsa, que se convirtió más tarde en la ciudad de Cartago.

[2]Sería del padre de Amílcar de quien tomaría el nombre el famoso estratega cartaginés Aníbal Barca. P. Barceló, 3.

[3] Las buenas relaciones entre Roma y Cartago se estrechan e incluso se trasforman en una alianza militar en el momento en que los intereses de ambas son amenazados por un enemigo común. Esto ocurre en el año 280 a.C., cuando el rey Pirro de Épiro cruza el Adriático al frente de un ejército, rumbo a Italia primero y a Sicilia después, con la intención de conquistar tierras controladas, respectivamente, por romanos y cartagineses. En el transcurso del conflicto, y para evitar que Pirro invadiese Sicilia, los cartagineses ponen su flota a disposición de los romanos y les suministran grano y material bélico. Si durante la guerra contra Pirro perdura la solidaridad romano-cartaginesa, esta se irá deteriorando a medida que Roma, tras conquistar Tarento y expulsar a Pirro, consigue implantar su señorío en toda Italia. El control de sus puertos meridionales facilita a los romanos el acceso a Sicilia. Precisamente aquí se generara la próxima crisis que, además de romper definitivamente los tradicionales moldes de cooperación romano—cartaginesa, provocara el estallido de uno de los mayores conflictos bélicos del mundo antiguo: la primera guerra púnica (264 - 241 a.C.).” P. Barceló, 2. Véase también Polibio, Hª Universal I, cap. I.

[4] Ebro.

[5]Tito Livio da a entender que Aníbal emprende la invasión de Italia siguiendo los planes ya trazados por su padre años antes. Tito Livio, XXI, cap. 2.

jueves, 27 de agosto de 2009

Deseos de Venganza

Corre el año 241 a.C. Con la batalla naval en las islas Egadas, Cartago cae derrotada en la Primera Guerra Púnica ante el poderío militar de una nueva potencia: Roma. El Consejo de Ancianos de la metrópoli africana se ve obligado a aceptar un tratado de paz en unos términos humillantes. El cónsul romano de aquel año, Cayo Lutacio Cátulo, da nombre a dicho acuerdo, en el que se exige a los púnicos liberar de inmediato a todos los prisioneros de guerra sin cobrar rescate alguno, al tiempo que deben pagar unas cifras abusivas para recuperar a los hombres que Roma mantiene cautivos. Para evitar un futuro ataque naval, se les prohibe construir una nueva flota, y por si esto fuera poco, en los siguientes 20 años deben hacer efectivo el pago de tres mil doscientos talentos, una cifra descomunal, suficiente para arruinar a un Estado. Por supuesto, a Cartago le estaba terminantemente prohibido emprender acciones bélicas, políticas o comerciales en contra de Roma o cualquiera de sus aliados. La joven República Romana, que ya dominaba Italia, se anexionaba así la isla de Sicilia, hasta ahora en poder de los cartagineses.

Finalizada la guerra, los mercenarios al servicio de Cartago emprendieron el rumbo a África para reclamar sus honorarios, pero la precaria situación económica a la que la metrópoli se precipitaba
obligaron al Consejo a sugerir a los mercenarios que desistieran de cobrar, provocando la Guerra de los Mercenarios, que duraría hasta el 238 a.C., y en la que el general Amílcar Barca, padre del célebre Aníbal, se erigiría como vencedor. Sin embargo, y a pesar de la victoria, la situación de Cartago era desesperada. Sin riquezas, con cuantiosas pérdidas humanas, y con la prohibición de construir una flota (la mayor baza del imperio púnico), se veían obligados a volver la mirada hacia nuevas conquistas con las que llenar sus maltrechas arcas.

En este contexto surgen dos corrientes claramente diferenciadas: una, encabezada por Hannón el Grande, partidario de emprender estas nuevas conquistas hacia el sur, adentrándose en África, y otra, liderada por el propio Amílcar, que consideraba Iberia como el lugar propicio para recuperar la gloria y las riquezas del pasado. El Barca, que tras la victoria sobre los mercenarios había sido nombrado comandante en jefe de modo vitalicio, consiguió hacerse con la suya y, en 237 a.C. cruzaba los Pilares de Hércules (el estrecho de Gibraltar), lanzándose a la conquista de la Península Ibérica, una tierra rica y sin conquistar, que sería decisiva en el devenir de la futura guerra.